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Carlos Alexis.

Sin mí.

Sin mí.

 

Sin mí.

 

Cielito mío, sé que ninguna de las palabras que iré poniendo en esta carta bastará para separarte de este dolor. Pero accédeme para que me acerque a ti desde la sinceridad de las mismas: en ellas trataré de que este manifiesto no te deje tan llena de dudas.

 

Sé lo resplandeciente que ha sido nuestra especial amistad, sé que despoblarás los días al irte de mi vida, sé que me quedaré con el alma hecha trizas. Pero entenderás que nací en el mundo de manera diferente, puesto a perseguir una lejana esperanza que acaso sólo sea una utopía, inalcanzable como tal. Ahora te veré atando cabos, relacionando cosas que te dije con estas que te digo ahora.

 

Querrás acaparar en tu desdicha la razón de nuestra separación, y no podrás hallarle sentido a lo que te digo: nos separa el infinito, nos separa el amor.

 

No estoy huyendo de los compromisos, aun que se que es esa la apreciación que sostienes de mi persona, pero en cierta forma no estoy de acuerdo en ceñir los sentimientos en esas formas más elaboradas de la prisión, que son las reglas que postulan las relaciones formales de esta vida. No necesito para amarte que te sepas mi novia, o mi esposa. No me veo yo en esos roles porque la maldición de sentirme un espíritu libre me conduce inevitablemente a la soledad. Lo sé, tercamente voy hacia lo desconocido, y llevo conmigo un corazón que se cautivó de ti y no te olvidará. Pero tus expectativas, amada, son tales, que ya me veo no cumpliéndolas. Una torre de promesas querrás alzar para que no me vaya, y no podrás retenerme porque es mi muerte la que tira de mí. Apenas me deja en paz unas horas, me lleno de sueños imposibles y me imagino en esa casa soñada siendo la razón de tu existir, como potente jinete que cabalga en el caballo desenfrenado del amor. Pero regresa, regresa con la angustia y con los azotes de la sobriedad. Las tormentas de mi corazón van a dar contra la serenidad de sus murallas y mi marea se tranquiliza. Salgo del tiempo y veo que nada tendrá sentido si no obedezco a ese llamado, esa voz que me quiere libre, libre de tu prisión y libre de mí.

 

Me sueño águila sostenida en el aire por los ojos del día. Me sueño delfín en los mares añiles que ningún barco acarició con estelas de espuma y sacudones de proa. Me sueño mariposa transparente en un jardín que se sosiega al crepúsculo mientras se muere un poeta o un valiente. Me sueño en una galaxia remota, con estrellas proféticas anudando mis arterias a esos destinos colosales que uno asociaría con la palabra eternidad. Me sueño lágrima y puente, hombre de alas y hombre de besos, me siento latido rugido entrega risa torbellino mundo.

 

Hay días en que me denotabas que andaba muy callado, y es porque mi único amo, que es el silencio, tenía sus dedos en mi garganta y hacía huecos en mi ventrículo izquierdo, desde el cual una ventana y un hilo carmesí hacían tirabuzón en mi estrella del oriente, para no pronunciar lo que tu muchas beses anhelaste escuchar de mi. Ahora mismo sé que pensarás que deliro, y sin embargo, lo que acabo de decirte es perfectamente comprensible en el lenguaje que habitualmente manejo con los míos.

 

No. No cometas ese error: no te incluyo entre los míos, y no es porque no sienta algo por ti dulzura mía, es porque me refiero a aquellos que están ligados a la verificación de ese destino de libertad del que te hablaba en tantas oportunidades. Tú estás en otra vereda, otro sendero, tus pies de tierra caminan con alborozo los caminos de la tierra, tu belleza luminosa se estremece con la simple alborada, tus manos trabajan el mundo y lo hacen y deshacen sin mayores complicaciones.

 

Nosotros somos como habitantes forasteros, estamos de paso, ninguna casa es la nuestra, ningún árbol nos pertenece, sólo nos cobija el sol y nos consuela la luna, no dejamos huellas porque no somos del tiempo, nuestra patria se extinguió hace milenios, somos errantes y nuestra Sangre lleva lava y diamantes, lleva corales, lleva martirios, lleva una venganza que sólo sostenemos como meta trivial para seguir andando, lleva un sueño a cumplir allí donde se rasga el velo del mundo.

 

Ayer trataba de explicarte un poco cómo era todo esto. Pero noté en tus escritos que se opacaba intensamente tu mirada y preferías creer en hacer tejidos de amor en el aire húmedo, salpicado de incesables gotas deslizantes de lo alto, tratando de llevarte en su humedad una cuota de retracto susterranio, solícito de manjares dulces que tocaban la piel de tus rosados labios. Sí, esos mismos que despertaron en mis sueños la amorosidad de mi alma tormentosa y de mis dormidas sensaciones lujuriosas que muchas veces me trajeron su sabor dulce y refrescante, que también me hacían soñar y anhelar tu excelso arte de hacerme volar por las estrellas, con solo imaginar el magno secreto por ti confesado en aquella especial conversación telefónica, donde sin tapujos y sin ningún tipo de oscurantismo nos confesamos de nuestra manera de amar en la intimidad.

 

Me duele este momento, pero lo sabía: un día llegaría el instante de anunciar el destino de seguir sin ti. A tu lado fui tan feliz que si pienso en ello, se debilita la voluntad que tendrá que alejarte, y demoraré indefinidamente algo que tarde o temprano sucederá, insistiendo en herirnos y haciendo todo mucho más difícil. No me enamoré de otra mujer, aunque no sería raro en mí dado mi ánimo soñador y mi ocurrente lujuria. Simplemente te dejo porque me siento un guerrero. Puede que tus pensamientos, en este momento se digan que estoy hablando de más y tendrían en una de esas razón. Un guerrero no se enreda en tantas explicaciones, eso significa que intento vivir como guerrero y mientras tanto, cierta humanidad que en el fondo es debilidad, me lleva a realizarte alguna que otra confesión.

 

Dirás que soy despiadado: yo me enorgullecería de ello, aunque no concibas lo que te digo. Y al hacerte daño, reviso mis valores y reflexiono seriamente si quiero seguir en este camino. Y sí, me respondo que sí. Que sí. Seguiré porque acaso no tengamos nada más noble que obedecer el grito del destino, esa inasible fuerza que a veces, como vocación, nos lleva de un lado para el otro.

 

Creemos en el despego. No significa que siempre lo podamos ejercer con ligereza. Más bien nuestro despego está hecho de cierta costumbre que tenemos de despedirnos de todo en todo momento. Eso le da un relieve insospechado al presente, pero su precio es la ruptura que no se detiene de todos los atavismos que mal que bien, y como seres humanos, nos dan seguridad.

 

Hay un saboteador en nuestra sangre que continuamente malogra nuestra dicha con su sermón: todo pasará. Y esa misma frase viene en nuestro auxilio cuando un dolor nos ha despedazado: también pasará este dolor. A la luz de esta inobjetable verdad, disfrutamos de todo con la máxima intensidad, pues lo sabemos todo pasajero. Ahora veo pasar nuestros días felices, nuestros besos que viajaron por el aire, nuestras confidencias, tus pechos que estoy seguro que parecían hechos para caber en mis manos y en mi boca, la caricia de tus ojos de almendra puestos en los míos y amándome sin saber que un día te dejaría así, sin argumentos que pudieras considerar sólidos, dejando en el abrazo donde antes entraba yo, un espacio sin aire, sin fuego, un recuerdo que ni siquiera quiere insistir en quedarse contigo.

 

Amada y dulce Estrellita mía, acaso me sigas viendo de vez en cuando, aun que sea en tus recuerdos. No busques en mí a ése que te entregó una buena parte hasta hoy. Acongojado y lleno de contradicciones, he acabado hoy con él.

 

He quemado con fuego sepulcral de color violeta tus cartas de amor que refrescaron mi alma en algún momento, no usaré la ropa fabricada con tus dulces y tiernas palabras que me regalaste y que vestían mi corazón de calor y esperanzas nuevas. Lo que fuimos en dos semanas, ya es sólo un largo sueño maravilloso.

 

Exigencias brutales hoy me sacan de tu lado, algo así como el arte de quedarse liviano que significa dejarte, quedar Desprovisto de la costumbre de escucharte o leerte, de que estés en tu casa o en tu mágica cama que siempre soñé para llenarte completa de mis besos.

 

Por favor permítete el sabio perdón, no me odies porque yo no dejaré de recordarte jamás, ya que no tengo motivos para el olvido.

 

El guerrero se lleva a su siempre todo lo que adoró en la vida, no lo lleva como equipaje o accesorios, lo lleva en su constitución etérea. El guerrero deja el mundo pero está hecho de sus afectos, su tristeza, su voluntad, su hidalguía.

 

Amor de mi vida, tu nombre se queda grabado en las tablas de mi corazón, en mi sangre estás ahora, nadie usurpará ese sitio, quiero que seas feliz, muy feliz por siempre, sin mí.

 

Carlos Alexis.

 

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